Nuestra fragilidad emocional

La seguridad total nunca ha estado a nuestro alcance y, de ser posible, castraría las oportunidades que tenemos por el hecho de estar atados a un mundo incierto en el que los poderosos del momento no saben si mañana serán reemplazados por los débiles de antaño.

La Tercera, Domingo 22 de Octubre del 2000

Fenómenos como la exaltación nacional ante un triunfo de "La Roja" o la angustia sufrida al constatar que Camerún nos puede ganar, se relacionan con estados de ánimo que podemos apreciar en otros ámbitos. Así por ejemplo, el desaliento por la tardanza de la reactivación que, por lo común, desemboca en la antigua conversación que responsabiliza al gobierno de turno de todos los males que nos aquejan; o la esperanza desmesurada en un presidente-mesías que nos resuelva todos nuestros quebrantos, mientras que -a la vez- decimos estar contra toda clase de autoritarismo. Todas estas manifestaciones del carácter nacional se emparentan por su origen: Nuestra fragilidad emocional.

Ciertos patrones de conducta y estados de ánimo, si bien se manifiestan en el ámbito de la vida cotidiana de los individuos, son reflejos de otros patrones más amplios que conforman el estilo de una organización, una cultura o una nación. Cuando esos rasgos dan la tonalidad general a esta última, podemos hablar del estilo emocional de una nación.

En el caso de Chile, el rasgo problemático es nuestra fragilidad emocional. Esta se puede sintetizar como el miedo a la apertura (opening) frente a la incertidumbre. No es necesariamente un defecto, pero su desventaja está en querer controlar más de lo que se puede efectivamente controlar. En el fondo, es no aceptar la dimensión trágica de la vida o la imposibilidad de compatibilizar todas las aspiraciones y valores. Esto nos provoca ciertos inconvenientes: No acostumbramos a reconocer en el equilibrio y la tolerancia dos virtudes fundamentales para la sociedad moderna. Si la vida es trágica, si en ella no podemos obtener al unísono todos los valores, entonces debemos privilegiar el diálogo con el adversario y evitar demonizarlo. En esto, nuestra derecha y nuestra izquierda -que aún funcionan con la lógica amigo/enemigo- tienen todavía mucho que aprender.

Hasta aquí hemos estado hablando de modos de enfrentar la vida que están en nuestra cultura. Si bien ésta no se puede cambiar de un día para otro, sí se puede trabajar para superar aquellos rasgos culturales que no nos facilitan la existencia. Para esto necesitamos, al menos, tres elementos. Primero, líderes que prediquen con el ejemplo e inciten a seguir valores positivos. Segundo, promover el reconocimiento social de prácticas y héroes que encarnen estos valores, posibilitando así la discusión de los mismos. Por último, necesitamos la valiosa virtud de la paciencia para darnos los tiempos que permitan a las nuevas conductas encarnarse en la vida cotidiana. Para esto, el periodismo nacional debe superar uno de sus defectos: El sensacionalismo y la estridencia que copan los espacios de reflexión.

Las circunstancias me han obligado a vivir en dos mundos. Mi ausencia de Chile -primero por mi exilio, más tarde por mis viajes- me ha dado una perspectiva de la cual carecería si hubiese vivido siempre en mi país. Mis destierros me dan licencia para "pelar" a mis compatriotas.

En esta tarea, a primera vista, veo a nuestros empresarios inquietos y molestos, porque la recuperación no llega. Los más cercanos a la derecha ven en esta circunstancia una oportunidad para crecer como oposición política. Pero aquellos más vinculados al comercio exterior o asociados a corporaciones mundiales -más familiarizados con la globalización- no están en esos afanes. Para ellos, el sentimiento dominante es la angustia y la perplejidad que a menudo genera la incertidumbre que acompaña a la "nueva economía". En esta, cada vez es más difícil predecir los escenarios futuros. Ante esta dificultad, la tentación de moda es enterrar la cabeza y no invertir. Por desgracia, cuando se actúa de esta forma se deja de ver el principal peligro: El riesgo de no invertir en campos que parecen marginales hoy, pero que mañana serán dominantes. Esta es la ceguera de la postura conservadora. Jamás un creador de riqueza basó su estrategia en la seguridad de los instrumentos financieros. Esta es la receta segura para el estancamiento. Para revertir esta actitud, existe una vía: Constatar que los propios miedos también están basados en certidumbres febles. Desde esta perspectiva, entendemos que la incertidumbre también puede jugar a nuestro favor.

En otro ámbito, nuestros profesionales ven amenazadas sus carreras. Con perplejidad ven como en el mundo desarrollado entra en extinción acelerada el concepto de carrera como compromiso de por vida. En nuestro pasado, trabajar en la Papelera o en Corfo era garantía de estabilidad. Hoy eso es sólo un recuerdo ante los incesantes procesos de fusiones y desapariciones de compañías y roles laborales. Muchos de nuestros profesionales ven con temor cómo en el futuro tendrán que cambiar de identidad laboral a la velocidad que cambian de empresa, sufren períodos de autoempleo o crean microempresas en rincones de sus propias casas desde donde trabajan para clientes que -tal vez- no verán nunca, pues están al otro lado del océano. Sin embargo, algunos ya están adaptados a estas nuevas condiciones: Saben que los roles mutan desde su forma actual, pero conservan sus bases y esto abre nuevas posibilidades para quienes saben navegar en la incertidumbre y tienen habilidades vinculadas al análisis simbólico.

Para ellos, la angustia ante la incertidumbre emana de una demanda por seguridad fuera de sí. La seguridad total nunca ha estado a nuestro alcance y, de ser posible, castraría las oportunidades que tenemos por el hecho de estar atados a un mundo incierto en el que los poderosos del momento no saben si mañana serán reemplazados por los débiles de antaño. La fragilidad emocional también afecta a nuestros gobernantes. En particular, la Concertación manifiesta este síntoma cuando pretende que la unidad que creó para terminar con el gobierno de Pinochet y construir la democracia será suficiente para suplir la demanda actual por conducción para enfrentar las oportunidades y amenazas futuras. En esto existe un parecido con la actitud del empresariado, pues ante la incertidumbre se inhibe de invertir en nuevas relaciones, visiones y liderazgo.