Tenemos una gran oportunidad como país y se hará real en la medida que reinventemos nuestra unidad nacional. En esta tarea, el tiempo y el conocimiento sobre la verdadera dimensión de los desafíos que se nos vienen encima, serán nuestros mejores aliados.
La Tercera, Domingo 19 de Noviembre del 2000
La magnitud de los cambios mundiales nos provoca vértigo y perplejidad. Hay algo que nos abruma y estremece por su complejidad e implicancias. La perplejidad, mal manejada, puede paralizarnos y angustiarnos. Estos sentimientos nos predisponen a reaccionar en forma precipitada o tardía.
Nada de esto es recomendable en el actual clima de globalización. A esta angustia -natural ante la velocidad de los cambios- debe agregarse la desconfianza que aún pervive entre nosotros. Ella -en parte- es producto de la división que sufre Chile y que se encarna en las imágenes del 11 de Septiembre de 1973. Esta desconfianza no nos permite dialogar y resolver sobre qué hacer con nuestro futuro. Estas conversaciones suponen un nivel de cooperación grande, superior a las dinámicas que el mercado aporta. Pero la incertidumbre y la aceleración de los cambios tecnológicos, políticos y culturales nos obligan a enfrentar nuestras debilitadas confianzas respecto de los demás y de nosotros mismos.
Pero no todo es angustia y perplejidad. A un país pequeño como el nuestro le es posible encarar este nuevo mundo con éxito. El camino es arduo: debemos ser flexibles, cultivar una capacidad de respuesta rápida y procurar una unidad nacional vigorosa para participar en el liderato de esta revolución tecnológica. Por mi experiencia de vida, sé que el futuro no se puede predecir, pero sí creo que lo podemos inventar entre todos. Ese es el desafío de Chile.
El futuro golpea nuestra puerta. En él, no sólo seremos parte de los cambios en tecnología; también experimentaremos mutaciones en las relaciones sociales y culturales. El mañana no estará libre de conflictos y fuerzas anarquizantes. La inestabilidad política ha crecido desde el fin de la guerra fría. Lúcidos observadores coinciden en la inminencia de una larvada anarquía internacional. Las pugnas tendrán motivaciones ambientales, culturales y sociales. Las disputas ideológicas perderán su primacía. Germinarán luchas por la afirmación de identidades de todo tipo (étnicas, culturales, lingüísticas). Estas pulsiones gatillarán dinámicas agresivas hacia el orden mundial. Muchas guerras serán por la mera sobrevivencia de comunidades excluidas.
Chile es parte de esta realidad. En Latinoamérica, el narcotráfico y la inestabilidad amenazan con extenderse. Si agregamos las desigualdades, la pobreza endémica y el resentimiento de los excluidos, nos vemos expuestos a una mezcla explosiva.
En nuestra sociedad, a la pobreza cultural y a las heridas del pasado, se suma la crisis del sistema educativo. Estas carencias constituyen una compleja red de dificultades. En ella están nuestros riesgos sociales y políticos del futuro. Con todo, tenemos una gran oportunidad como país y se hará real en la medida que reinventemos nuestra unidad nacional. En esta tarea, el tiempo y el conocimiento sobre la verdadera dimensión de los desafíos que se nos vienen encima, serán nuestros mejores aliados.
La confianza que reclamamos no llegará por efecto de una necesidad abstracta, sino en el momento en que nuestras vidas cotidianas se instalen en el "nosotros colectivo". Entonces, dejaremos de ver al otro como un adversario que hay que combatir o, simplemente, eliminar.
En los '60 y '70, nuestra visión de la política nos llevó a una división profunda. Nos herimos más allá de las palabras. Una parte de Chile combatió el valor de la propiedad. La otra parte puso en jaque el valor de la vida, entendida no sólo como integridad física, sino también como el derecho a la libertad y a vivir en el propio país. Al abandonar el cultivo de estos valores, clausuramos espacios de solidaridad y confianza. Aunque habitábamos la misma tierra, nos veíamos como enemigos en medio de una "paz de guerra fría". Yo no salí indemne de esa crisis, pero la privación de libertad y luego el exilio, me enseñaron que la política es algo que se hace contando con el propio adversario o no existe.
El perdón y la reconciliación son bienes deseables, pero frágiles si no nos hacemos cargo de la tragedia que padecimos. En ella, todos fuimos coactores y, por lo mismo, debemos colaborar para sanar las heridas del pasado. A partir de esta actitud, podremos conversar en clave de futuro y tendremos lucidez para ver el presente. Estos elementos nos permitirán crear una confianza compartida y libre de resentimientos. Allí cultivaremos valores comunes que no estén en disputa. En ese clima, construiremos instituciones políticas y judiciales sólidas para procesar nuestras legítimas diferencias sin traumas ni violencia.
Desde el esfuerzo por reconciliarnos, podemos comenzar a imaginar una identidad nacional para este mundo global. Para ello, necesitamos el talento, la sensibilidad y el trabajo de todos. Aquí ni siquiera podremos excluir nuestras horas de ocio, las actividades culturales y el deporte. Necesitamos líderes culturales y políticos que articulen una historia común de nuestra pluralidad y un Estado que ayude a pensar estos nuevos desafíos. Desde dichas bases, es posible proyectar un nuevo Chile hacia el mundo. Entonces, las FF. AA. nos serán indispensables para enfrentar los riesgos de desagregación y anarquía que se avecinan. Precisaremos, además, de trabajadores más capacitados y orgullosos de su país y de sus empresas. Todo esto será posible en la medida que nuestros empresarios se atrevan a ser creativos y audaces.
Necesitamos un proyecto-país abierto, con compromisos, pero a la vez con flexibilidad. Debemos evitar los planes rígidos. El objetivo es lograr conversaciones abiertas sobre nuestras decisiones y opciones. Así, si logramos reconstituir nuestra identidad común, nuestros afectos y confianzas, veo un Chile próspero. Aspiremos a ser uno de los pilares de la hispanidad, entendida como uno de los manantiales de la cultura global. Esta perspectiva abre horizontes de posibilidades y vigor a nuestras empresas. Todo ello no sólo en lo económico, también en la cultura, en la educación y en el arte.
Esta ruta nos promete una mejor vida para nuestros hijos y un país reconciliado que no teme mirar de frente su propia historia.



