¿El fin de una Era?

Si alguien dudaba de la gravedad de la crisis que enfrentan los bancos del Oeste, al menos dos libros deberían aclararlos: “El Nuevo Paradigma para los mercados financieros: la crisis del crédito de 2008 y lo que significa”, de George Soros, y “El Colapso del Trillón de Dólares: dinero fácil, grandes apostadores y el gran choque del crédito”, de Charles Morris.

No sorprende que el libro de Soros sea de un tono más filosófico, y como consecuencia, un poco ligero en detalles. También se siente claramente apresurado. El libro de Morris, a pesar de su subtitulo de tipo populista, es un útil resumen histórico de un practicante de la industria crediticia, sobre cómo los bancos llegaron a su actual barrial y por qué. Probablemente también es la primera cuenta detallada de la debacle que llega a las estanterías, lo que le da un poco de credibilidad por ser el primero.

Lo que ambos libros tienen en común es una sensación de fin de siglo, lo que la Colección Tate describe como “el sentido apocalíptico del fin de una fase de la civilización” – aunque civilización es quizás exagerar un poco. El ultimo cuarto de siglo ha sido la era de oro de los bancos. Hay más que un olor en el aire que sugiere que la era de oro se acabó y puede no volver en un buen tiempo.

Futuros graduados pueden encontrar que las oportunidades de trabajo más lucrativas, por ejemplo, no se encuentran tanto en Wall Street o en el Square Mile. Esos empleados de los bancos de inversiones, se las arreglan para salir ilesos a través de los meses siguientes, y podrían decidir aventurarse en pastos nuevos y con objetivos menos financieros. Puede que no terminen mejor, pero la sociedad muy bien puede hacerlo.

Otro punto en común, es una palpable desconfianza hacia el fundamentalismo del mercado, o lo que pasó como un “dejar hacer” en una era previa. Soros y Morris no son los únicos críticos del libre mercado y su supuesta habilidad para revertir su camino a través de una crisis: El Jefe Ejecutivo del Deutsche Bank, Joseph Ackermann, recientemente confesó haber perdido la fe en el poder de “auto-sanamiento” de los mercados, una declaración que posteriormente limitó a las hipotecas americanas.

Pero Soros se las ha arreglado para dar vuelta sus propias percepciones de la falibilidad del mercado fundamental, hacia una maquina de teoría y de hacer dinero. La esencia de esta teoría debería dejar a los economistas, reguladores y muchos profesionales del mercado, muy intranquilos. Como lo ve Soros, los participantes del mercado no pueden basar sus decisiones sólo en el conocimiento, dado que sus inevitablemente parciales percepciones de la “realidad” del mercado influencian los precios de los mercados y también los supuestos fundamentales que se cree que esos precios reflejan.

Seguramente no hay necesidad de reiterar la horrorosa fragilidad de los bancos, sea cual sea la estricta variedad comercial o de inversión. Cualquier daño que ya no haya sido ocasionado por su exposición a un debilitamiento del mercado habitacional e hipotecario anglosajón, va a ser inventado por una exposición a las líneas de negocios relacionados con el crédito con los seguros y distribución que probablemente no van a regresar.

Felizmente, es poco probable que el período de dramática depresión persista tanto como lo hacen los procesos de prosperidad, aunque bien puede ser que el período de “lamerse la herida” dure por un buen tiempo. Un sistema financiero que está viendo una reducción de deudas bancarias a gran escala y la comunidad especulativa tienen toda la razón en esperar una baja en la tasa de ventas forzadas. Pero como sugiere Soros, mientras el fin de la contracción de los créditos puede traer un alivio de corto plazo, “es poco probable que sea seguido por un relanzamiento de la expansión de los créditos a algo parecido a las tasas que estamos acostumbrados”.

Para Soros, el fin de una era significa el fin de un gran periodo de relativa estabilidad basada en el monopolio de USA como súper potencia y en el dólar como la principal reserva monetaria. Unos pocos objetivos observadores internacionales tienden a estar en desacuerdo con esta tesis. Pero lo que significa para este inversionista es el fin de un largo periodo de crecientes ganancias desde el sector financiero a expensas de la economía real, y también de espíritus animales disminuidos de parte de los bancos y los bancos de inversiones, consistentes en un alto grado de regulación que ahora parece inevitable.

Como señala Mark Gilbert de Bloomberg, la industria financiera ha pasado sobre su bastón en el mercado de la tecnología: Las reservas bancarias llegaron a penas al 15.8% del Índice S&P 500 en Mayo, versus el ahora dominante 16.6% contabilizado para el sector de la tecnología. Tres años atrás, los bancos contabilizaron el 20% del índice; 15 años atrás, apenas el 11%.

Así que aún parece muy prematuro estar “pescando” en el fondo del sector bancario: A) porque el proceso de saneamiento y de reducción de deudas tiene una forma particular de funcionar; B) porque es más probable que la depresión económica exacerbe su debilidad existente, y C) cuando la industria finalmente se mueva al modo de recuperación, no va a estar en posición de disfrutar el tipo de ganancias que siempre ha dado por garantizado hasta hace poco tiempo.

En otras palabras, las ganancias del sector bancario han llegado a su peak de un modo no sólo cíclico, sino que temporal. Y un sector bancario debilitado y más fuertemente regulado se ve sustancialmente menos atractivo que muchos de los negocios expuestos al positivo viento de cola proveniente del crecimiento de la riqueza de los mercados emergentes y del aumento global de la demanda por energía, servicios energéticos e infraestructura.

Lo que ambos libros también dejaron en claro es que los conflictos de interés se encuentran en el corazón de la crisis crediticia como gusanos en una manzana podrida. Esos conflictos existen entre bancos que lograron cortar cualquier lazo económico entre sí mismos y las hipotecas repactadas que garantizaron (a menos que hayan sido tan tontos como para comerse lo que habían cocinado -y varios lo fueron) dentro de agencias de tasación que gozaban del desapercibido monopolio del juego de las tasaciones -que sin duda es un juego- y dentro de un sin número de intermediarios financieros y reestructuradores que valoraban más las ganancias que derivan del extravagante aumento de los créditos hipotecarios, que las que vienen de la construcción de una reputación creíble, a largo plazo.

Sería agradable pensar que esos inversionistas que han sido evadidos por los conflictos de agencias y la envidia institucional endémica, recordarían el rol jugado por sus contrapartes institucionales y no terminarán siendo perjudicados dos veces. La historia sugiere, sin embargo, que todo lo que se necesita es un gasto significativo en marketing y un mercado con tendencia al alza en alguna otra área, y los malos recuerdos de los inversionistas se borran. Pero si estos libros hacen que sólo uno de esos inversionistas reconsidere sus relaciones con la elite Wall Street, o haga que llegue a sus propias conclusiones sobre la “pureza” del libre mercado, ya van a haber logrado una importante función social.

Categoría: Lecturas,
Etiquetas: Economía, Libros,