El Presidente Lagos en San Francisco

La esencia de la cultura norcaliforniana es la creación de valor por la innovación permanente al servicio de aplicaciones válidas para muchos. Dentro de estos valores, encontramos el respeto por la diversidad, lo que exige una tolerancia que nunca se confunde con la indiferencia.

La Tercera, Domingo 3 de Diciembre del 2000

Los atareados pero apasionantes días que me tocaron vivir en la preparación de la visita presidencial a EE.UU., ameritan que esta columna adquiera algo del estilo de la crónica social. Nuestras agendas estaban sobrecopadas. Con todo -en un día- Ricardo Lagos no sólo visitó Seattle (cuna de Bill Gates y Microsoft), sino que también se hizo el tiempo para cerrar ese martes con una inolvidable cena en San Francisco.

El propósito del último encuentro era extenderse más allá del mundo de la tecnología propio de Silicon Valley. Ahí estuvieron personas de las más diversas actividades: gente de la política, de la biotecnología, del arte y representantes de los fondos de capital de riesgo. Nada de esto hubiese podido concretarse sin el trabajo y la colaboración de tres chilenos trashumantes que mantenemos casa y actividades acá, en San Francisco. El primero de ellos es Pablo Valenzuela. Dentro de sus numerosos méritos, está haber ayudado a fundar una de las primeras grandes empresas de biotecnología, junto a algunos de sus colegas de la Universidad de California.

El segundo de esos compatriotas se desempeña en el bello y misterioso mundo del vino. Se trata de Agustín Huneeus, un chileno de excepcional categoría que es nuestro embajador en el campo de la vinicultura en el Valle de Napa.

Tuve la suerte y el honor de ser el tercer participante de este trío. Mi familia y yo llegamos a Stanford en el año 76, para luego establecernos en Berkeley. La vida en estos lugares me regalaría la oportunidad de conocer a tan excepcionales personas. En la cena, disfrutamos de la compañía de nuestro embajador en los EE.UU., Andrés Bianchi, y de nuestra representante en el mundo de la cultura, la novelista Isabel Allende. Algo hay en algunos de sus relatos que refleja los encuentros entre vidas chilenas y californianas.

Los asistentes fueron creando una cálida atmósfera de conversación e intercambio de vivencias. En ese clima, el presidente Lagos deleitó a todos nuestros invitados con sus conocimientos sobre la antigua relación entre Chile y California. Esta contiene una rica tradición en su pasado que nos invita a recrear esas conexiones y lazos en el futuro.

El norte de California es uno de esos lugares mágicos, donde la confluencia de gente de distintas culturas y etnias está acompañada por la milagrosa característica de ser -tal vez- el lugar del planeta donde se realizan investigaciones tecnológicas tan avanzadas que, en muchos campos, son aún de frontera para el conocimiento actual. Pero eso no es todo, puesto que este lugar es, además, un poderoso centro de innovación cultural y política que pasa -entre otras cosas- a través de los movimientos gay, feminista y de la corriente ecológica.

La esencia de la cultura norcaliforniana es la creación de valor por la innovación permanente al servicio de aplicaciones válidas para muchos. Dentro de estos valores, encontramos el respeto por la diversidad, lo que exige una tolerancia que nunca se confunde con la indiferencia. Otro valor muy relevante es el respeto y cuidado de la naturaleza.

Si queremos que el Chile del futuro participe de este espíritu y no sea dejado atrás, tenemos que preocuparnos para que sus jóvenes y sus maestros tengan la experiencia de convivir y trabajar en estos mundos. Debemos tender puentes, abrir puertas, inventar canchas de aterrizaje y darles alas para que ellos vuelen. En esta tarea, los que contamos con experiencia y contactos debemos ayudar con todo lo que tengamos.

Fue muy agradable sentir el liderazgo presidencial y juntar a un equipo de chilenos que, más allá de nuestras diferencias pasadas, gozamos de una fraternal camaradería. Tal vez, este sentimiento es el que intenta expresar un Julio Martínez cuando pretende contagiar la "poderosa satisfacción" que debiera sentir quien asume el deber y el honor de jugar por la selección nacional.

Por último, quiero dar testimonio de cuán finos, delicados y diligentes fueron nuestros anfitriones. En especial Valeria Quesnay, esposa de Agustín Huneeus. Sus desvelos contribuyeron a una noche magnífica que dejará en nuestra memoria el nombre de la maravillosa Calle de las Flores, en Lombard, asociada a la visita de nuestro Presidente.