La vinculación entre identidad nacional y tango no es trivial. Nos encontramos con nuestra identidad más en la práctica que en la teoría y el tango es, primero que nada, la práctica de un baile que superó su condición de folclor para convertirse en un arte universal.
La Tercera, Domingo 17 de Diciembre del 2000
Debemos prepararnos para celebrar el bicentenario de nuestra independencia. En septiembre del 2010, no sólo estaremos festejando glorias pasadas. En lo principal, estaremos proyectando el futuro. Para ello, tendremos que rescatar prácticas perdidas en la carrera hacia la modernidad. Una de esas prácticas es el tango. Este, para nosotros, se ha hecho algo lejano, pero estoy seguro que si nos internamos, sin prejuicios, en la conciencia nacional profunda nos encontraremos con mucho tango.
Este fenómeno misterioso y de múltiples resonancias -que, en apariencia, es sólo argentino- se nos ha metido en los huesos de nuestra identidad nacional: uno de los más bellos tangos compuestos por Santos Discépolo le canta al "Carillón de la Merced"; la obra de Pablo Neruda es una mina inagotable de inspiración para el tango (gran parte del éxito mundial de la película "Il postino" se debe a las escenas donde aparece Neruda bailando "Madreselva" en un estilo piazzollístico y sutil); el mismo Astor Piazzolla compuso tangos para películas chilenas y para un poema de Neruda a Matilde Urrutia. Todos estos personajes -para mayor abundamiento- comparten un padre de la patria en común: José de San Martín.
Sin que me diera cuenta, mi niñez y mi juventud fueron acumulando compases de tango. Pero lo que me hizo sentirlo como propio fue el éxito que alcanzó en EE.UU. Yo vivía en Berkeley, era 1984, cuando el tango comenzó a invadir Broadway, Londres y París. El viejo tango triunfaba en el primer mundo, a pesar de los deterioros y el olvido que lo amenazaban en la ribera del Plata. Al igual que todos nosotros, había sufrido represión en sus países de origen. Fue en ellos donde llegó a prohibirse "Cambalache" y otras letras. Pese a todo, logró convertirse en un atractivo universal que superaba con creces a su primo bastardo, el tango hollywoodense.
En mis años de exilio forzado en EE.UU., sentí el imperativo de reencontrarme con mis raíces. En esa búsqueda, me aferré a estilos arquitectónicos, a nuestra gastronomía, a la música y al baile. Desde California miraba al sur y México se ganó mi corazón y el de mi familia. Sin embargo, el tango me habla de algo más profundo que de mi identidad de ciudadano del Cono Sur. Recuerdo la definición que del tango hacía Jorge Luis Borges: "El tango es un sentimiento triste que se baila". Desde esta clave borgiana, descubrí que el tango ya estaba en mí para hablarme de algo íntimo de nuestro carácter. Me di cuenta que el tango tiene algo misterioso, trágico y profundo que, a pesar de haber nacido en la ribera del Plata, se había encarnado también en el Chile de mi juventud, en la Talca de mi infancia. La tragedia del tango no impregna de tristeza estos recuerdos, pues la felicidad no está excluida del tango. Por el contrario, la felicidad que habita en el tango se toma en serio la limitación y la mortalidad humana. Es, entonces, la forma más auténtica de felicidad. Si la lírica del tango, a veces, no refleja esto, es porque su realidad esencial está en la danza y en la música.
Al celebrar los 200 años de la independencia, no sólo debemos conmemorar hechos pasados. La principal tarea del Bicentenario es proyectar nuestra identidad al mundo y rescatar aquellos valores que nos permiten conjugar nuestra solidaridad y unidad nacional. En esta labor nada sobra: debemos contar con la gastronomía, el baile, la música. Todo esto nos inmunizará frente al desatino de quienes intentan apropiarse en forma mecánica del blue jeans o del rock and roll. Es cierto que los Beatles y Elvis Presley tienen ganado parte del corazón de muchas generaciones de chilenos, pero no son capaces de darnos identidad propia. Otros pueden pensar que los éxitos resonantes que Lucho Gatica, Antonio Prieto y Mona Bell obtuvieron en el México de los '50, nos pueden otorgar identidad nacional. Sin embargo, presiento que esto no es verdad, porque esos boleros ya tienen identidad cubano-mexicana y eso se nota cuando un estadounidense decide cantar alguno de ellos. Con todo, reconozco en esos boleros un elemento relevante de nuestra cultura.
La vinculación entre identidad nacional y tango no es trivial. Nos encontramos con nuestra identidad más en la práctica que en la teoría y el tango es, primero que nada, la práctica de un baile que superó su condición de folclor para convertirse en un arte universal. Así, el tango representa nuestra identidad ante el planeta completo. Es una identidad que jamás será barrida por la globalización, porque ya forma parte de la globalización. Cuando finlandeses, japoneses o alemanes bailan tango lo sienten como algo propio: a partir de su origen popular y local fue capaz de impregnar el imaginario mundial. Es un fenómeno ciudadano, como el jazz, y tan potente como el flamenco andaluz. Astor Piazzolla tomó esta herencia y la posicionó entre las cumbres de la música clásica mundial. Por todo esto, deseo incorporar este arte como una de las expresiones de nuestra identidad con la mirada puesta en el bicentenario. Sería un acto de justicia hacia nuestra calidad de ciudadanos del Cono Sur. Veríamos aparecer así parte de nuestra identidad amplia. No es descabellado luchar para que Santiago -fuera de ser un centro financiero para Latinoamérica- sea la sede de una cumbre de tango que reúna a argentinos, uruguayos y chilenos. Esto sí sería tomarse en serio nuestro ser parte del Cono Sur.
Bailar tango es reproducir el juego amoroso en forma sublime, más allá del mero romanticismo. Para ello, el tango es capaz de hacer suya la dialéctica de la pareja humana con sus instantes de agresión y ternura, de velocidad y lentitud. Al bailar, hombre y mujer, deben procurar la sutil coordinación y comunicación que son necesarias para lograr una larga y feliz vida en común. Esto es lo que otorga seriedad al tango y lo distingue de los demás bailes, pues exige compromiso y concentración superiores. Sus pasos son exigentes y no se prestan para la espontaneidad mediocre de los ritmos de moda que traen los veranos. Bailar tango es bailar la vida.
En la historia del tango la contribución de nosotros como chilenos es marginal. Con todo, es esa tristeza fría del Cono Sur -presente en la obra de todos nuestros poetas- la que constituye desde el alma una comunidad de espíritu y sentimientos entre Río Negro y Chacabuco; entre San Martín y O'Higgins.



