Dejemos de ser nuestros peores enemigo

No aceptemos la creencia de que hay un momento en la vida en que ya no podemos aprender nuevas habilidades y destrezas, no podemos desarrollar, repotenciar nuestras virtudes, corregir nuestros defectos o crear nuevas alianzas y reponer confianzas. En fin, la vida no es un fatalismo escrito, pero si insistimos en ello seremos creadores y actores de este fatalismo.

La Tercera, Domingo 25 de Febrero del 2001

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que nos autodenominamos los "jaguares" de Latinoamérica. Esta metáfora pretendía capturar un nuevo espíritu, el comienzo de un nuevo estado de ánimo comenzaba a caracterizar el talante del chileno. Tal vez con ello se intentó también decir que estábamos en el proceso de llegar a ser tigres. Implicaba, a la vez, cierta implacabilidad resolutiva y una agilidad que los analistas económicos adjudicaban a las naciones asiáticas emergentes y que contrastaba con el pesimismo, la lentitud y el letargo burocrático de nuestra herencia colonial.

Sin embargo, acompañó a este fenómeno un chauvinismo ingenuo, unido a una prepotencia malsana, que nos llevó a presentarnos en algún momento como "los argentinos del siglo XXI", pero sin el encanto y maestría con que nuestros hermanos argentinos se administran.

Si miramos con mayor profundidad, esta autopercepción se acompañó de una ansiedad que anunciaba ya la fragilidad y precariedad de este estado de ánimo. Como si nuestro éxito no llegase a ser de verdad permanente. La manera como hemos enfrentado los últimos años, corroboró esta postura. Nuestro estado de ánimo es hoy negativo, de enojo permanente. Incluso, muchos sectores de nuestro país, acostumbrados "a mandar", descargan su pesimismo en exigencias concentradas en el Presidente Lagos, que no es capaz de resituarnos "rápidamente" en esta posición de "jaguares". Exigiendo a su vez que resuelva en cinco minutos el problema político a Pinochet, como si aquello no fuese la consecuencia lógica de 18 años de dictadura y 10 años de amedrentamiento al accionar pleno de las instituciones judiciales.

De un momento a otro pareciera que nuestra exitosa transición no fuese tal, que volvemos a una "división fratricida", en apariencia inherente a nuestra sociedad.

Si sumamos a esto partidos de la Concertación que muestran agotamiento, empresarios en retirada y/o vendiendo sus empresas y viendo con preocupación que nuestras exportaciones tradicionales siguen siendo lo principal, y creciente fuente de divisas, mientras la lucha competitiva mundial prosigue a toda marcha, el resultado final parece más negro aún. En suma, la globalización resulta más bien restándonos autonomía que abriéndonos nuevos horizontes.

Sin embargo, este cuadro general, en apariencia objetivo, está ya teñido de un estado de ánimo que es generado por nuestras actitudes. Los estados de ánimo son expresión del alma nacional y consecuencia de sus conversaciones.

Es sorprendente que en nuestro país sea tan común que los sujetos, pasados los treinta años, acostumbren a decir "ya estoy viejo para resolver aquello", "ya soy así, no me vas a cambiar ahora", "es muy tarde para aprender un idioma", o frases por el estilo. El predominio de este estado de ánimo clausura tempranamente la infinidad de posibilidades inherentes a nuestro ser creador y no nos deja generar el temple y talante emprendedor que involucran el desafío, la flexibilidad, la persistencia y el encanto.

En mi vida he llegado a entender una cosa fundamental: el mundo, más que algo ajeno que enfrentamos, es un horizonte de posibilidades, donde podemos situarnos desde una vivencia creadora y prolífica. Podemos abrir otras realidades, otros mundos, depende de nosotros y de nuestro ser con otros. Podemos finalmente cambiar y superarnos nosotros mismos. No aceptemos la creencia de que hay un momento en la vida en que ya no podemos aprender nuevas habilidades y destrezas, no podemos desarrollar, repotenciar nuestras virtudes, corregir nuestros defectos o crear nuevas alianzas y reponer confianzas. En fin, la vida no es un fatalismo escrito, pero si insistimos en ello seremos creadores y actores de este fatalismo.

Entiendo que ponerse en esta actitud requiere también sabiduría y prudencia para percibir los límites, que también se requiere coraje para aceptar lo que no se puede cambiar. Más bien, ha de ser una "prudencia activa", donde en la escala de prioridades el riesgo está un escalón más arriba que la seguridad, el cambio un peldaño sobre la tradición, el futuro uno arriba del pasado y los desafíos uno arriba de la mesura; pero con la conciencia que siempre debemos considerar las dos dimensiones del péndulo, para no vernos presa de la ansiedad.

Entonces, ¿de qué manera entiendo concretamos este cambio en nuestro estado de ánimo?.

Creando posibilidades: es decir, cultivando lecturas interpretativas del mundo, donde la preocupación e incertidumbre que provoca lo desconocido se funde con el cultivo de la percepción de los rasgos anómalos y los problemas no resueltos de los que podemos dar cuenta como país, y con la historicidad de la que somos parte. En su conjunto pueden articular creativamente la apertura de horizontes nuevos. Cuidando los espacios de diálogo y comparación para que no degeneren en desconfianza mutua y posterior resignación. Preservando un imaginario nacional colectivo, que es la nación, que se perpetúa como una de las maneras de dar sentido a nuestras tareas colectivas y a nuestros valores.

Le corresponde a los líderes de la sociedad, en todas las esferas, emprender estas tareas desafiantes. Sólo los liderazgos que así lo hacen, que enfrentan los riesgos que aquello implica, pasan a la historia como reales constructores y catalizadores de los países. Para ello requieren ser los primeros en imponer un estado de ánimo positivo y alimentarlo de perseverancia con la confianza en que los conflictos se van a superar, que la gente puede cambiar sus puntos de vista.