Columna: El compromiso con Chile

Reemplacemos el nihilismo que nos amenaza
con un compromiso incondicional hacia esta familia extendida que es nuestra patria.

Por Fernando Flores

30 de Abril de 2004

Estamos de acuerdo en que el problema de Chile es un problema de orden económico, un asunto de oportunidades, de estar como corresponde en el mundo, pero para que eso ocurra, hay que resolver un problema anterior. Una nociva tendencia a la devaluación de todos los valores, mezcla de un gran aburrimiento y de una gran desesperanza, nos pone en riesgo de que la historia nos pase por el lado, y de que perdamos la ocasión de hacer de Chile un país que tiene su espacio en el concierto de las naciones, y de que sea, además, un país justo, solidario, del que sintamos orgullo.

Recordando a Hamlet, diremos que nos parece que algo anda mal en el espíritu de los chilenos. Y que es hora de hacernos cargo de ese espíritu poco saludable.

Que el mundo que nos toca vivir es un mundo de precariedad y de incertidumbre, es cierto, pero es igualmente cierto que es en el dominio de lo difuso y de lo espacioso donde se expresan mejor las oportunidades, y donde las posibilidades de optar se dan más vigorosamente. En cambio, a nosotros, la perplejidad que producen los cambios en curso nos ha ido desganando y parece haber paralizado nuestras fuerzas y talentos, que buscan salida en un simulacro de diversión huera y poco digna. Los chilenos tenemos frecuentemente la oportunidad de compartir programas en medios como la televisión o la radio, donde profesionales de talento someten a sus invitados a juegos de ingenio dudoso que, con la pretensión de entretener a sus audiencias, y digámoslo, casi siempre con su regocijado consentimiento, terminan por exponer a estos huéspedes al escarnio, convirtiendo legítimos pasatiempos en un jolgorio amargo, degradado y destructivo. Es fácil ahondar en estos atributos que ya están muy presentes en el alma nacional, y que se ven acentuados por la hiperflexibilidad que caracteriza a la sociedad presente y que ha permeado nuestro mundo con un sentido de transitoriedad, donde todo se interpreta como vacilante y precario, donde todo se
devalúa o es devaluable, donde nada tiene trascendencia y todo es banal.

Aunque en Chile la farándula está de moda, y parece insinuarse en el espíritu de la nación, es bueno recordar que valores como el de darle fe a alguien por aquellos esfuerzos de su carácter que han determinado sus logros, los que otorgan el reconocimiento que merece el cultivo de la excelencia, estuvieron presentes en el alma de los chilenos antes que se entronizara la fama frívola y caprichosa que brinda la farándula. Esos valores aún laten, de seguro, en nosotros y es bueno no perderlos. Es sano recuperar el espíritu que los alimenta.

Para ello, el país necesita líderes de todos los sectores, que sepan estimular en nosotros la capacidad primordial de comprometernos incondicionalmente con nuestra identidad, con la propia vida, y con un proyecto para nuestro país. Para que re-encontremos en este compromiso la vieja solidaridad, y refundemos una pertenencia orgullosa a la nación y a sus instituciones.

Recultivar el espíritu es volver a cultivar nuestras mejores tradiciones y dejar de lado la banalidad, interpretando la ansiedad que nos provoca la nebulosa del futuro como una angustia sana y rica, que nos moviliza en busca de algo superior y más allá de nuestro bienestar inmediato.

La tarea es de todos. Y consiste en proporcionar remedio al mal del ánimo que nos ataja, al desespero que busca como salida la complacencia soberbia, o la cómoda ceguera que nos instala frente al televisor para sacarle vicariamente el pellejo a un pobre diablo; o para ensordecernos con el volumen de cualquier aparato que no nos deja oír las oportunidades que nos brindan los cambios que el mundo está sufriendo.

Miremos al mundo, y asumamos la desazón que los riesgos de la aventura de la vida nos exigen. Reemplacemos el nihilismo que nos amenaza con un compromiso incondicional hacia esta familia extendida que es nuestra patria, pues, en la época de la globalización, esto es más necesario que nunca. No lo posterguemos, ni dejemos de hacerlo.